Capítulo IV

La comarca atropellada

Finalizada la contienda carlista-liberal (1876), abolido el Fuero, comenzó la explotación minera intensiva en los Montes de Triano.

Dolores Ibarruri (1895-1989), hija de un carlista de Ibarruri que luchó en Somorrostro y de una brava soriana, resume con precisión la situación en Encartaciones en los inicios de la nueva era, en ese paso del Fuero al Liberalismo, del Viejo al Nuevo Régimen, pasada, aunque no olvidada, la cruenta Batalla de Somorrostro.

«Aún no se habían secado las lágrimas por los caídos… cuando hombres totalmente ajenos al país examinaban con ávida e investigadora mirada montes y colinas, campos y prados, collados y barrancos… Trazaban croquis, levantaban planos, clavaban estacas, colocaban mojones, hablaban en una jerga endiablada… de compañías anónimas, pertenencias, concesiones, denuncias, expropiaciones forzosas, importación de capitales, mano de obra barata, exportación de minerales, industrialización...

Un mundo nuevo caía de golpe sobre la comarca cambiando radicalmente el derecho público, porque cambiaban las relaciones de propiedad. Ayer, esto era del común; aquello, de una familia; lo de más allá, de otra… Hoy, todo es extraño».

Y cuenta: «Los pastores no pueden apacentar sus ganados en los montes comunales, ni los vecinos hacer leña en los bosques municipales. Está prohibido. El camino de su casa, ya no es camino. Cae dentro de una pertenencia. Lo cierran con alambre de espino, y no valen protestas. El terreno que aún conserva las huellas del pasado de sus abuelos y de sus padres ha sido denunciado por los nuevos propietarios. Se ha hecho una ley que reconoce el derecho de los recién llegados, mientras despojan al pueblo de los suyos, establecidos y mantenidos durante siglos por el uso y la costumbre».

Dolores sigue describiendo el cambio radical que sufrió la comarca: «Las pesadas carretas de bueyes18, en las que se transportaba el mineral de los filones a las viejas ferrerías, a los lanchones del río Galindo o del Somorrostro, iban siendo arrumbadas por los ferrocarriles mineros, que cruzando laderas y atravesando montañas, enlazaban los más apartados rincones de la cuenca minera con los puertos de embarque y con la zona fabril siderometalúrgica, que nacía y se desarrollaba paralelamente.

Se rompía la geografía del país. Desaparecían montañas; se quebraban vertientes; campos y prados eran cubiertos de escombros. Los valles igualados con las colinas; elevados los fondos de los barrancos y precipicios.

Se tendían planos inclinados, se abrían trincheras, se levantaban puentes. Por encima de las barriadas obreras, sobre los castañares y robledales, cruzaban los tranvías aéreos.

Explosiones de dinamita, chirriar de cables y vagones, jadear de locomotoras, golpear incesante de picos y barrenos rompen la quietud de los antes silenciosos valles y una nueva vida llena de afanes, de inquietudes, de sobresaltos, hierve en lo que antaño fueron tranquilas montañas y alrededor del caserío aldeano surgía la barriada obrera, minera, abarraconada, despersonalizada ».

A esta oscura imagen que pinta Dolores hay que añadir la contaminación de arroyos y ríos y la creación de barriadas desordenadas. Son los años setenta del siglo XIX, los años de los albergues, de la cama caliente, de los poblados con falta de saneamiento y sucesivos brotes de cólera, del tocino con gusanos y la explotación humana más indigna que recoge Vicente Blasco Ibáñez en «El Intruso». Años de la loca carrera por arrancar y llevarse la vena, los de la «California del hierro» que denominó tan acertadamente el historiador Manu Montero.

La creación de estos populosos barrios originó una deforestación sin precedentes, hacía falta leña para calentarse y cocinar y cada vez había que ir a buscarla más lejos. Además, los enormes bortales desaparecieron, su madera, sobre todo sus raíces, contaba con alto poder calorífico, por lo que era idónea para la elaboración de carbón vegetal y para encender los hornos de las calderas a vapor.

El sacerdote carranzano Rafael González Orejas ha indagado entre la documentación y sintetiza la farragosa historia de los pleitos y acontecimientos que, desde finales del siglo XVI, rodearon las veneras encartadas y fueron el preámbulo de la libre explotación del mineral de los Montes de Triano hasta su total agotamiento a finales del siglo XIX. Dice así: «Las ordenanzas de Felipe II de 1584 reafirmaban la pertenencia de los yacimientos mineros de la Corona, pues si bien el suelo era de quien lo poseía, el subsuelo, sin embargo, era propiedad de aquella. De ello se deducía que para explotar una mina, los particulares debían obtener licencia real.

No era así en Vizcaya donde, según uso y costumbre, el poseedor del suelo lo era también del subsuelo, y los yacimientos pertenecían a los pueblos. En un estudio de Fausto Elhuyar de 1783, se definen las minas de Somorrostro14 como propiedad particular de las villas y lugares de las Encartaciones, siendo libre a todos arrancar minerales de donde quisiesen y como les pareciese, sin que entre ellos haya distinción. El hecho era que la Corona carecía de autoridad sobre los criaderos de la referida cuenca minera.

Aunque la competencia de las minas estuvo confusamente compartida entre el Señorío de Vizcaya y las Encartaciones, lugar este donde se ubicaban los yacimientos, derivándose de ello una serie de discordias y pleitos durante un largo período de 250 años, ambas entidades defendieron y consiguieron mantener el carácter comunal de las minas de Somorrostro hasta entrado el siglo XIX. Tal actitud privilegiaba y protegía al pequeño productor, con menoscabo de la evolución minera, llegando incluso a dificultar la penetración del capitalismo industrial en el sector. En tales circunstancias, los métodos de trabajo empleados resultaban rudimentarios y primitivos, pues se trataba de obtener con los menores gastos posibles el mineral suficiente para sacar el trabajador de él un jornal módico.

Cuando la Junta de Avellaneda gozó de gran personalidad por sus autoridades, Fueros y carácter propio, la explotación ferrona de las Encartaciones era tenida por estas como patrimonio exclusivo, mientras que, por su parte, la Junta de Guernica se arrogaba autoridad para legislar sobre lo que ella juzgaba pertenecer al patrimonio común, coartando y modificando las disposiciones de la Junta de Avellaneda, propietaria de la tierra, y que en esta propiedad basaba el fundamento de su autoridad y dominio sobre la misma, manteniendo el derecho de dominio exclusivo sobre los minerales, y sosteniendo en su defensa una lucha contra lo que interpretaba intromisión injustificada del Señorío».

Durante siglos, los pleitos fueron numerosos y el 21 de julio de 1740 se estableció en Gernika un convenio concertado que fue ratificado en Avellaneda días después. Entre las estipulaciones, «se concede a las Encartaciones la tercia parte del remanente líquido del arbitrio de la vena que el Señorío percibía, quedando bajo el contenido del contrato, transigidas y fenecidas todas las pretensiones que ha tenido las Encartaciones contra el Señorío y el Señorío contra las Encartaciones».

Puerto venaquero para pequeñas embarcaciones de cabotaje que suministraban vena a las ferrerías.

Notas


18. Carreteros. Auténticos protagonistas de la minería, aunque totalmente olvidados. El carro fue el único medio de transporte hasta los años sesenta del siglo XIX en que se puso en marcha el ferrocarril. En el desarrollo minero jugaron un papel imprescindible para el transporte de escombros, de mineral y de carbón, primero hasta los puertos venaqueros, y más tarde hasta los cargaderos cercanos a los trenes mineros. Los primeros carreteros fueron de la comarca, luego de comarcas próximas y, en los momentos de máxima explotación minera, vivieron, sobre todo, de Álava, Santander, Soria y Burgos. Su figura fue decayendo paulatinamente hasta que en los años sesenta del siglo XX desaparecieron por completo. La mayor parte de los apellidos considerados como euskaldunes que encontramos en la comarca tienen su origen en la migración de un carretero.

Aunque totalmente olvidados existen numerosas referencias que hacen mención a su elevado número y a su importancia. Por ejemplo, el periodista Juan Eustaquio Delmas cuenta, en su viaje por el Señorío de Vizcaya realizado en 1864, cómo el camino de San Salvador del Valle estaba «teñido con mena de hierro, se ve a todas horas del día concurrido por carros y por caballerías transportando este rico mineral a los embarcaderos de Galindo o a los depósitos de Ortuella».

En los años del apogeo de la explotación de la vena (1876- 1890) fueron muy abundantes los carreteros sorianos, quienes nos transmitieron sus útiles de trabajo, como el serón para transportar cosas, las alpargatas para caminar en verano y los choclos para caminar en terrenos mojados o embarrados.