Hay pueblos que existen en los mapas y pueblos que existen en los libros. Los más afortunados existen en ambos. Pobeña, ese pequeño barrio costero de Muskiz asomado a la playa de La Arena, alcanzó en 2001 esa doble condición gracias a este libro.
Miguel González San Martín (Muskiz, 1953) llevaba ya una década publicando cuando Ediciones Bassarai sacó a la luz Pobeñeses. Había debutado con El tranvía aéreo (1991) y publicado dos novelas —Hotel Ucrania (1996) y Dos entradas para Wembley (1998)—, pero fue esta colección de veinte relatos la que le valió el Premio Euskadi de Literatura en castellano de 2002 y, sobre todo, el reconocimiento como uno de los narradores más singulares del País Vasco.
El jurado del premio señaló que el autor había conseguido levantar una nueva tierra mítica, llena de impresiones sugerentes y de extraordinaria densidad literaria y humana. No exageraba. En Pobeñeses, la realidad y la imaginación se entremezclan con tal naturalidad que el lector acaba sin saber —ni importarle— dónde termina una y empieza la otra. Aquí conviven pescadores y aviadores, ancestros carlistas y émulos de los Beatles, dictadores seniles y fundadores de ciudades en el Pacífico. Todo cabe en Pobeña porque todo cabe en la literatura cuando quien escribe sabe hacerlo.
Y González San Martín sabe.
Su prosa es "una de las más limpias de retórica, más diáfanas y hondas de la literatura vasca".
— José Fernández de la Sota
"Un riguroso creador de ficciones, el pintor de un mundo mitad real, mitad apócrifo".
— Pedro Ugarte
En vísperas de cumplir veinticinco años, esta edición digital conmemora un libro que sigue invitando a pasear por las calles de un pueblo que quizá no exista exactamente así, pero que cualquier lector reconocerá como verdadero.
Biblioteca de Muskiz, 2026