Esto es lo que cuenta el libro de defunciones del pueblo.
Baja despacio. Cada pantalla es una historia.
Entre 1882 y 1892 se anotaron en Mecerreyes 293 defunciones: el nombre, la edad, el día, la causa y hasta los nombres de los padres y los hijos de cada persona.
Son los abuelos de nuestros abuelos. Estos datos, transcritos uno a uno, nos dejan ver cómo era vivir —y morir— aquí hace casi 150 años.
Esa era la edad mediana al morir. De las 248 personas cuya edad conocemos, 140 no llegaron a cumplir los 10 años, y 55 murieron antes de su primer cumpleaños.
Imagina a las 248 personas puestas en fila, de la más joven a la más mayor. La que queda justo en el medio de la fila tenía 5 años. Eso es la mediana: la mitad murió antes de esa edad y la otra mitad después.
¿Y por qué no usamos la media? Porque la media sale a 24 años... y casi nadie moría a los 24. Es el resultado de mezclar muchísimos niños con bastantes ancianos: un número que no retrata a nadie. La mediana, en cambio, cuenta la verdad: aquí moría, sobre todo, la infancia.
Cada cuadrado es una persona fallecida, ordenadas de menor a mayor edad: ■ menores de 10 años · ■ mayores.
Tras el calor del verano llegaban las «diarreas estivales»: enteritis y gastroenteritis que se cebaban con los más pequeños. El agua y los alimentos en mal estado hacían el resto.
De las 43 muertes de septiembre, 26 fueron de niños menores de 5 años.
Como en el poema de Lorca. De las 289 defunciones con hora anotada, la más repetida es las 5 de la tarde (25 casos), seguida de las 9 de la mañana y la 1 de la madrugada.
Cada barra es una hora del día (de 0 a 23 h). Un aviso: la hora la declaraba la familia, y a quien moría de noche a veces se le encontraba por la mañana — algunos registros dicen «del día anterior».
En el invierno de 1889 una pandemia de gripe recorrió el mundo en pocos meses: la llamaron «gripe rusa». A España llegó en diciembre de 1889 y volvió en oleadas hasta 1894.
En Mecerreyes se nota: de una media de 25 muertes al año (1883–1888) se pasó a 35 al año entre 1889 y 1892.
1882 solo tiene un registro (el libro empieza en diciembre). En rojo, los años de la pandemia. El médico casi nunca escribía «gripe»: apuntaba bronquitis, pulmonía o catarro. Solo un registro la nombra: Francisco Alonso, 5 años, noviembre de 1892.
En el libro aparecen diagnósticos que hoy nos suenan extraños: «reblandecimiento cerebral», «falta de desarrollo físico», «coqueluche» (la tosferina)... Casi todo eran infecciones que hoy se curan con antibióticos o se evitan con vacunas.
Agrupación aproximada de las causas anotadas (en 7 registros no consta la causa).
Los apellidos del libro son los mismos que hoy se oyen en la plaza. Si tu familia es de Mecerreyes, es muy probable que esté aquí.
Veces que aparece cada apellido (primero o segundo) entre los fallecidos.
Celestina Camarero Tomé murió en 1890 con 90 años, toda una hazaña para la época. Y en el libro cabe de todo: un tejedor, un herrero, un pordiosero, una pastora, un guarda del campo y hasta un juez de paz.
Detrás de cada línea hay una casa, una familia y un duelo. Este libro es la memoria del pueblo.
Escribe un nombre o un apellido y mira quién aparece.
¿Quieres la lectura en profundidad? Hay una versión académica de este trabajo: Morir en Mecerreyes, un ensayo de demografía histórica y antropología social con los mismos datos.